La ventanita de Via Piella
Sábado, 11:04. Via Piella.
Leo recorrió el pasillo de puntitas y pegó el ojo a la mirilla de la puerta de la tía Rina.
En el descanso estaba el hombre más alto que había visto en su vida. Llevaba una chamarra impermeable, shorts y sandalias de excursión muy limpias. Cargaba una mochila grande en la espalda y un paraguas negro en una mano, cerrado, y esperaba con la paciencia de una estatua.
Leo regresó por el pasillo.
—Es el del hotel —susurró—. El alto. El del desayuno.
—¿Un huésped?
—Trae un paraguas.
—Todo el mundo trae paraguas. Llovió. —Marco se había puesto pálido bajo el sudor—. A lo mejor es coleccionista. A lo mejor la quiere comprar.
—Buenos días —dijo la voz a través de la puerta, como si los hubiera oído—. Les pido disculpas por la interrupción. Vengo por el objeto que ustedes tomaron del Hotel Bella Vista. Pertenece a mis empleadores. Les estaría muy agradecido si me lo entregaran ahora.
Marco miró a Leo, luego la esfera sobre la mesa amarilla, y luego, con una cara lenta y esperanzada, otra vez la puerta.
—¿Y luego qué? —preguntó. No fuerte. Con cuidado.
Hubo una pausa corta.
—Y luego tendré que matarlos a los dos —dijo la voz—. Lo lamento. Es parte del contrato. Cualquiera que haya visto el objeto. —Otra pausa—. Preferiría hacerlo después de la comida. Pero mi comida es a las doce y media, y no creo que vaya a estar ahí.
Leo levantó la esfera.
Lo hizo sin decidirlo. Era pesada y tibia contra su pecho, como cargar a un niño dormido o una hogaza muy grande. La metió en su mochila de ciclista, que colgaba detrás de la puerta de la cocina, y cerró el cierre sobre la luz.
—La escalera de atrás —susurró.
—¿Hay escalera de atrás?
—Siempre hay escalera de atrás.
Detrás de ellos, en la puerta de entrada, se oyó un ruidito. No fue una patada ni un golpe. Fue un clic suave y limpio, como el de una pluma al cerrarse. La cerradura de la tía Rina, que llevaba cuarenta años dejando afuera a los ladrones, giró sola. La cadena de latón salió de su ranura y se quedó colgando en el aire, como las cucharas.
Ellos ya iban corriendo.
La escalera de atrás bajaba a un pasillo angosto de piedra, y el pasillo salía, por una puerta verde, a Via Piella.
Era una calle corta y tranquila de casas viejas pintadas con los colores de Bolonia: óxido, ocre, un rosa que se había desteñido hasta el color del interior de una concha. Aquí no había pórtico. El cielo estaba abierto, azul pálido después de la tormenta. Unos turistas hacían fila a media calle, esperando su turno frente a algo en la pared.
Leo y Marco salieron por la puerta verde y doblaron a la izquierda.
El hombre alto ya estaba parado al final de la calle.
Leo no supo cómo había llegado ahí. No había bajado por la escalera de atrás. No había salido por la puerta verde. Simplemente estaba ahí, en la esquina, con el sol detrás, y el paraguas en la mano.
Doblaron a la derecha.
—Vamos —dijo Marco—. Vamos, vamos, vamos.
Fueron. Los turistas de la fila voltearon a verlos. Eran seis, una familia con dos niños y un par de ancianos con zapatos de caminata. La fila era para la ventanita. Leo había pasado frente a ella mil veces sin mirarla. Un postigo pequeño de madera, pintado de café, metido en una pared lisa de ladrillo a la altura del pecho de un hombre. Todos los turistas de Bolonia venían a abrirlo, porque al abrirlo se veía, detrás de la pared, el canal corriendo entre las casas como una calle de Venecia. La gente tomaba fotos. La gente decía oh. Para eso servía y para nada más.
Detrás de ellos, el hombre alto había empezado a caminar. No corría. Caminaba con pasos largos y parejos, y abrió el paraguas.
No era un paraguas.
Se abrió como uno, con un chasquido suave. Pero sus varillas no eran de metal. Eran delgadas y blancas y brillaban, y salía de ellas un sonido como el de un dedo pasado por el borde de una copa. El hombre lo bajó y les apuntó con él como se apunta con una linterna.
Una maceta en la repisa de una ventana del primer piso, entre Leo y el hombre alto, se convirtió en vidrio. Vidrio transparente, maceta y tierra y flor y todo. Se quedó ahí en la repisa, brillando, perfecta, como algo de museo.
La familia con los dos niños se le quedó mirando.
—Con permiso —les dijo el hombre alto, con educación, sin dejar de caminar.
La calle terminaba en una pared. Claro que sí. Esto era Bolonia. Cada escape en esta ciudad terminaba en algo de ochocientos años.
—Leo —dijo Marco—. Leo, ¿qué hacemos?
Leo miraba la ventanita.
El padre de la familia la tenía abierta. Sostenía el teléfono para tomarle una foto al canal. Leo se le acercó, le dijo «perdón», le quitó el teléfono de la mano y se lo devolvió, y luego empujó el postigo hasta abrirlo del todo.
La abertura era más o menos del tamaño de una alacena. Del otro lado, tres metros más abajo, el canal verde se deslizaba entre las partes traseras de las casas, bajo balconcitos de hierro, bajo tendederos.
—Leo —dijo Marco—. No.
—No está hondo.
—¿Cómo sabes?
—Crecí aquí. Aventábamos bicicletas.
—¡Leo, tienes cuarenta y un años!
El hombre alto estaba a diez metros. El paraguas zumbaba. Los dos ancianos de zapatos de caminata se habían pegado de espaldas a la pared.
Leo pasó los brazos por las correas de la mochila, la volteó para que le quedara sobre el pecho y se metió en la ventanita. Era una ventana hecha para mirar, no para atravesarla. La atravesó de todos modos, primero los hombros, luego el resto, raspándose la piel de los dos codos, y durante un segundo largo se quedó colgado ahí, mitad en Bolonia y mitad en Venecia.
Detrás de él, oyó a Marco. Marco corría hacia el otro lado, calle arriba, pasando a la familia, pasando al hombre alto, con el saco mostaza volando detrás de él. Y gritaba, por encima del hombro, la frase que amaba más que cualquier otra frase de cualquier película.
—¡DEJA LA PISTOLA! ¡TOMA LOS CANNOLI!
Leo cayó.
El agua estaba fría. Le llegó a la cintura, luego al pecho, porque había caído mal, y luego sus pies encontraron las piedras del fondo y se levantó, jadeando, con el pelo en los ojos y la mochila contra el pecho. La esfera zumbaba a través de la lona. La levantó sobre la cabeza, fuera del agua, con las dos manos.
Arriba, enmarcado en la ventanita, un hombre muy alto miraba hacia abajo.
Miró a Leo. Miró el agua. Miró, durante un largo momento, sus propios pies, en sus sandalias tan limpias.
Luego la corriente tomó a Leo, suavemente, lo hizo girar y se lo llevó, bajo un arco bajo de ladrillo y hacia la sombra debajo de las casas.
Ahí abajo estaba oscuro, y verde, y olía a piedra. La luz bajaba en barras por los huecos entre los edificios de arriba. Leo flotaba, y caminaba, y flotaba, sosteniendo una esfera brillante sobre la cabeza como un mesero con una charola. Pasó bajo un balcón. En el balcón había una mujer en bata, tendiendo una sábana.
Lo miró desde arriba, y miró lo que cargaba, y la luz que hacía sobre el agua.
—Otra vez no —dijo, y volvió a su sábana.
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