Dígamelo claro
La maestra Dhillon había perdido su cuaderno, y dio clase todo el día y después preparó seis juntas con papás como si no hubiera perdido lo único en el mundo que tenía adentro todo su ser.
A la hora de la comida había volteado el salón al revés. Había revisado el reciclaje. Se había quedado muy quieta en medio del salón tratando de recordar la última vez que lo había visto, y no pudo, porque la última vez que lo vio estaba en la ventana haciendo sus respiraciones, que hacía precisamente para no tener que recordar cosas.
En algún lugar de Moose Jaw esa noche, un cuadernito gris andaba suelto por el mundo, con su mamá adentro, y su encogerse de miedo adentro, y cada cosa sin defensa que nunca había dicho en voz alta ni una vez, y no sabía en qué manos estaba, y a las cuatro tenía que sonreírles a los papás y decir va muy bien seis veces.
Puso la junta de los Gill al final. Siempre ponía al final a la mamá de Kabir, porque la mamá de Kabir era la madre de familia a la que más miedo le tenía, y hasta esa semana no se había permitido preguntarse por qué.
Kabir esperaba en el pasillo con un libro que no estaba leyendo. Su mamá le había dicho que se sentara, que estuviera callado y que no tocara nada, y estaba haciendo las tres cosas, lo cual era en sí mismo una especie de boleta.
Suman entró a las cuatro con la barbilla en alto y el abrigo todavía puesto.
Se dejó el abrigo como uno se deja puesta una armadura. Traía el cuaderno en la bolsa. Había leído cada palabra dos veces, se había quedado despierta con él, y en el camino no había decidido absolutamente nada sobre lo que iba a hacer, lo cual para Suman era un estado casi de derrumbe.
—Señora Gill. Por favor. —La maestra Dhillon señaló la sillita al otro lado del escritorio, la silla para la que todos los papás eran demasiado grandes—. Gracias por venir.
—Claro. —Suman se sentó—. ¿Cómo va? Dígamelo claro. No tiene que hacerlo bonito.
La maestra Dhillon abrió la boca.
—Porque sé que habla. Sé que discute. Sé que dice cosas —siguió Suman, antes de que ella pudiera hablar. Tenía la voz pareja y las manos no—. Sé cómo es en la casa. Me imagino cómo es aquí. Así que me lo puede decir claro. Prefiero que sea claro.
La maestra Dhillon miró a esa mujer, que había llegado preparada para que le dijeran que su hijo era un problema, preparada con tanta fuerza que era lo único que la sostenía, y entendió que estaba viendo la versión de mamá de un niño que tapa el cuaderno que se le olvidó.
—¿Quiere leer lo que escribí —dijo— en lugar de que yo se lo diga?
Volteó la boleta hacia ella.
Suman la leyó como ahora leía todo, mal, esperando el golpe. Era un comentario corto con letra cuidadosa.
Suman lo leyó dos veces. Había venido armada contra disruptivo, contra no sigue instrucciones, contra deberíamos hablar de su conducta, todo el vocabulario del veredicto del que llevaba una vida entera de planchado tratando de escapar. Contra esto no había venido armada.
—Está siendo amable conmigo —dijo, y le salió como acusación, porque después de la semana que había tenido, la amabilidad era lo que menos le inspiraba confianza—. La gente es amable conmigo cuando ya decidió algo sobre mí. Cuando ya decidió que lo necesito.
—No estoy siendo amable —dijo la maestra Dhillon—. No tengo el cuaderno del que normalmente saco la amabilidad. —Se le escapó antes de poder plancharlo, y se encogió, visiblemente, exactamente el encogerse sobre el que había escrito que no quería que su alumno aprendiera.
Algo en Suman se soltó entonces. Había entrado con armadura, y después de una semana de las peores, la armadura sencillamente ya no estaba, y debajo solo quedaba lo que había venido cargando todo el camino, y ya no le quedaban fuerzas para seguir cargándolo.