Chapter 8

Me detengo en las de verdad

La herramienta más vieja y peor que tiene una maestra asustada es el nombre de un niño en el pizarrón.

La maestra Krahn escribió KABIR.

—Esto es una advertencia.

—¿Por qué?

—¿Quieres tu nombre en el pizarrón?

—No me importa. Es verdad. Soy Kabir. —Lo estudió—. Lo escribió bien. Casi todos ponen dos veces la letra equivocada. Gracias.

Lo mandó al pasillo. Fue con educación. Y por la ventanita de la puerta siguió, con mímica, preguntando por qué, que es una cosa que uno no pensaría que se puede hacer sin palabras y sin embargo se estaba haciendo, clarito, en silencio, por un niño de camisa planchada del otro lado del vidrio, con las cejas haciendo todo el trabajo. Lo volvió a meter porque afuera era peor.

—Voy a traer al director —dijo la maestra Krahn, y le salió más chiquito de lo que quería, y todo el salón oyó el tamaño.

—¿Por qué? —dijo Kabir.

No con crueldad. Eso era lo terrible. Lo preguntaba igual cada vez. No intentaba ganar. Nada más quería saber.

Y la maestra Krahn, que tenía veintidós años, y que había querido este trabajo, y que la noche anterior se había quedado despierta ensayando una firmeza que no sentía, dejó el plumón y le dijo la verdad, porque ya se le había acabado todo lo que no era verdad.

—Porque este salón me da miedo —dijo—. Es el primero que tengo. Ustedes son veinte y yo soy una, y ninguno me conoce, y pensé que si era dura desde el principio, ninguno se iba a dar cuenta de que no sé lo que estoy haciendo. Esa es la razón. La de verdad. No hay otra abajo.

El salón se quedó muy callado.

Kabir lo consideró con la mayor seriedad que tenía.

—Bueno —dijo. Y se sentó.

—¿Eso es todo? —dijo la maestra Krahn—. ¿Nada más hacía falta eso?

—Me dio una de verdad —dijo Kabir, como si fuera obvio, que para él lo era—. En las de verdad me detengo. —Cruzó las manos sobre el pupitre, un niño en paz—. Pero lo hubiera dicho primero. La habríamos ayudado. Nosotros ayudamos a la miss Dhillon.

—Ustedes la ayudan.

—Ella también tiene miedo. Hace sus respiraciones, y nos deja creer que nos salimos con la nuestra, y casi siempre nosotros la dejamos creer que no sabemos que nos está dejando. Así funciona aquí. —Señaló el salón con la cabeza, todo, el arreglo delicado completo—. Se lo puede pedir prestado. Nada más por hoy.

—Me lo puedo pedir prestado —repitió la maestra Krahn, con un hilito de voz.

—Mañana lo tiene que devolver —dijo Kabir—. Ella lo va a querer. Pero hoy es suyo.

—Bueno —dijo la maestra Krahn, que no esperaba, ese día, que nadie le diera nada.

Aarav, que entendía mejor que nadie en el salón el terror exacto de ser nuevo y que te vean, levantó la mano como se debe.

—¿Miss Krahn? Ya puede empezar la clase. Nos vamos a portar bien. Bueno. Nos vamos a portar regular. Regular es lo más que hacemos.

—Regular está bien —dijo la maestra Krahn.

—Tyler —dijo Kabir—. Guarda la libreta. Hoy nadie va a cometer nada. Ella lo está pidiendo prestado.

Tyler miró la libreta negra, y a la nueva maestra asustada, e hizo algo que nunca había hecho, que fue cerrarla a propósito mientras un crimen seguía, en teoría, en curso.

Y pasó lo más raro, que fue que el día mejoró. No se volvió callado. Callado nunca iba a ser. Pero mejoró, como mejora un cuarto cuando todos los que están adentro dejan de fingir.

Les enseñó el ciclo del agua. Y Kabir preguntó por qué, y por qué, y por qué, con la misma voz de antes, y esta vez no la rompió, porque esta vez había algo en el fondo.

—¿Por qué llueve?

—Porque la nube se pone demasiado pesada.

—¿Por qué se pone pesada?

—Porque el agua sigue subiendo a ella, desde los lagos.

—¿Por qué sube?

—El sol la jala. El agua tibia sube.

—¿Por qué?

—No sé por qué lo hace el sol —dijo la maestra Krahn, con honestidad—. Sé que lo hace. Algunos porqués terminan en lo hace. Pero este lo puedes ver. Ve a mirar un charco en un día de calor. Se va.

Kabir pensó en un charco que se va, solito, sin que nadie lo vea irse, y descubrió que le gustaba muchísimo.

—Esa es buena —le dijo—. Esa es de verdad. Esa se la puede quedar.

A la mañana siguiente la maestra Dhillon regresó, menos enferma, y encontró en su escritorio una nota con la letra cuidadosa de una desconocida.

Su grupo es muy amable, decía. Además, vigile al chiquito de la segunda fila. Le va a preguntar por qué hasta que le diga la verdad. Nunca nadie me había vuelto honesta tan rápido. Dijo que me lo podía pedir prestado. No sé qué es, pero creo que lo devolví.

La maestra Dhillon la leyó dos veces. Luego miró la segunda fila, donde Kabir se estaba quitando el abrigo con el enorme cuidado de un niño cuya mamá había planchado lo que llevaba debajo.

—Buenos días, Kabir.

—Buenos días, miss Dhillon. —Se sentó—. Regresó.

—Regresé.

—Qué bueno. La nueva estuvo bien. Pero yo ya me la había aprendido a usted.

Y la maestra Dhillon, a quien ese mismo niño había vuelto honesta en su propia primera mañana, y que desde entonces no había logrado parar, lo miró un momento más de lo que el momento necesitaba. Luego hizo sus respiraciones, inhalar cuatro, sostener cuatro, y siguió con el día.

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